EL DESPERTAR DE LA MEMORIA

Dos de abril de 2015, jueves santo. Ciento cuarenta y ocho personas kenianas, la mayor parte estudiantes, mueren asesinadas a manos de terroristas en la universidad de Garissa donde forjan con tenacidad sus sueños. No eran dibujantes, ni iban en un avión, ni eran occidentales, ni eran actores famosos. Eran simplemente jóvenes estudiantes o trabajadores del campus. Eran simplemente personas que tenían un nombre, un rostro, una vida única, una historia tejida de relaciones, de esperanzas, de futuro.

Apenas han pasado tres meses desde el ataque perpetrado contra el semanario francés Charlie Hebdo. A través de facebook un comentarista señala la diferencia del impacto mediático: “…como sólo son negros, los periódicos, las televisiones y los perfiles facebook no se llenarán de mensajes de lamento. No todas las muertes son iguales”.

Que corta y fragmentada la memoria de los medios de comunicación y difusión. El escándalo provocado por la violencia es como la tormenta. Al desconcierto que provoca sucede una calma ligera que adormece las mentes y los corazones. Las imágenes y las palabras se alejan como han llegado y quedamos a la espera de un ‘no se qué’ que nos deja pasivos e impasibles.  ¿Tendremos que dar la razón al comentarista de facebook? Es bien cierto que pocos medios de comunicación han hecho eco en sus espacios del nueve de abril de 1994, cuando el infierno del odio devoró Rwanda y fueron masacradas ochocientas mil personas.

¿Dónde queda la justicia que abre el camino de la paz y devuelve primero a las víctimas y, a través de ellas y su perdón, a los verdugos la dignidad? ¿No somos ya capaces de recordar, relacionar, compadecer, perdonar, rebelarnos, actuar, amar? ¿Qué nos pasa a todos? Más aún ¿qué nos pasa a los nos apoyamos en Dios y en su Palabra?

Hace setenta años, un nueve de abril de 1945, Dietrich Bonhoeffer, blanco, europeo, alemán de familia distinguida, era ejecutado en la horca en el campo de concentración de Flossenbürg. En una carta dirigida a su hermano Karl-Friedrich escribía «Creo tener la certeza de que no lograré la clarividencia y la sinceridad interiores a menos que empiece a actuar consecuentemente con el Sermón de la Montaña… Y es que hay cosas por las que merece la pena comprometerse del todo. Y me parece que la paz y la justicia social, o sea Cristo en el fondo, lo merecen.» Bonhoeffer realizó durante su vida una crítica continua a la pseudolegalidad construida por el régimen Nazi para legitimar sus acciones mediante el control del Parlamento. Mientras muchos de sus contemporáneos se dejaron seducir por el éxito social y económico de Hitler, la honestidad intelectual y la libertad de espíritu con la que Bonhoeffer vivió y creyó le permitieron mantenerse despierto y discernir que cualquier práctica sociopolítica no era aceptable.

Otro teólogo alemán Max Picard, tratando de explicar el auge del nacionalsocialismo, con la permisión general de sus atrocidades, en medio de una sociedad altamente civilizada y cristiana, habló de una pérdida en las personas de la capacidad de vincularnos con los acontecimientos irracionales que suceden en la sociedad, atribuyendo esta pérdida a un proceso de ideologización de la realidad e instrumentalización de la fe. Es algo así como una pérdida de toda capacidad de asombro frente a lo absurdo de las situaciones que van sucediendo en nuestro entorno, llegando a percibirlas como normales.

En definitiva, hoy, al capitular con el silencio y la omisión ante las barbaridades que acontecen  asistimos a una reversión del proceso de humanización. Estamos renunciando al despliegue de lo Bueno y Eterno que alberga la pequeñez humana y que permitirá, si lo cultivamos, la edificación de un reino justo de todos para todos.

¿Estamos dispuestos a despertar, a ser conscientes de la realidad? ¿Estamos dispuestos a preguntarnos quiénes mueven los hilos de nuestro momento histórico? ¿Qué buscan? ¿En que nos están transformando?

No podemos permitir que se instalen procesos interiores de deshumanización a nivel personal ni comunitario. Preguntémonos porque somos capaces de sentarnos a la orilla del río de la vida y ver desfilar lamentando quizá, pero sin hacer nada, la muerte, el sufrimiento,… de las personas. ¿Vamos a dejar que nos arrebaten la dignidad de ser hombres y mujeres, hijos e hijas de un mismo Dios, hermanos unos de otros?

El abuso de la autoridad, las expropiaciones, las devoluciones en caliente, la militarización de la gobernabilidad, la compra de conciencias, la manipulación, la impunidad, la parcialidad de los sistemas electorales y judiciales, la exclusión de aquellos que no están con el proceso, la entronización de la riqueza acumulada, entre otras, son situaciones deshumanizadoras que responden a principios ideológicos que instrumentalizan la razón y el corazón, en definitiva al hombre, la fe y la vida.

¿Vamos a seguir soportándolo? Nos toca decidir.


Escrito por Pilar Goterris Moreno