ÓSCAR ROMERO, PASTOR, PROFETA Y MÁRTIR

Hace 35 años, un 24 de marzo, el arzobispo de San Salvador Óscar Romero caía asesinado mientras celebraba la Eucaristía. Su pecado consistió en ser fiel al Evangelio de Jesús y a la defensa de los pobres y oprimidos.

Hoy, cuando corren aires frescos en la Iglesia y el Papa Francisco ha anunciado su beatificación para el 23 de mayo, es justo y necesario hacer memoria de este pastor que fue la voz de Dios en medio del pueblo, que se situó al lado de las víctimas de un sistema que enriquecía a una minoría y excluía y reprimía a las grandes mayorías. Romero fue un defensor incansable de los derechos humanos, particularmente de los más desfavorecidos.

Fue conciencia crítica en la sociedad. Su palabra incomodó a los poderosos. Era molesta para quieres explotan, excluyen y reprimen a los débiles e indefensos. Es por eso que, al igual que Jesús de Nazaret, fue injuriado, amenazado, perseguido y asesinado.

El arzobispo Romero fue un buen pastor que vibró con las luchas, sueños y esperanzas de su pueblo. Un hombre que, movido por el Espíritu, proclamó con fuerza el proyecto de vida de Dios e interpretó los acontecimientos de la historia de su país a la luz de la fe, ayudando al pueblo a discernir entre lo bueno y lo malo. Fue voz de los que no tienen voz.

Proclamó que la misión de la Iglesia es ser luz en medio de las tinieblas. Anunció la utopía de un mundo nuevo de justicia y fraternidad. «La voz de la verdad y la justicia nadie la puede apagar», decía. Como todo profeta, denunció el sistema que engendra injusticia, hambre y muerte. Denunció la ambición económica, la corrupción, la mentira y la prepotencia de los poderosos y políticos. El día antes de ser asesinado, en la homilía de catedral hizo una llamada a las fuerzas armadas para que desobedezcan a sus jefes cuando estos ordenan matar a humildes campesinos. Porque «la ley de Dios debe prevalecer sobre cualquier orden de matar».

Ojalá, se convenzan que perderán su tiempo. Un obispo morirá, pero la iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás» (Homilía 3.3.1980). Los poderosos mataron a un obispo, pero resucitaron a un santo que vive en el corazón del pueblo de Dios.

¿Qué mensaje nos deja hoy monseñor Romero?

 


Escrito por Fernando Bermúdez