Vivir despacio

Una gran enseñanza del sur al norte: VIVIR DESPACIO.

Aquí andamos tan liados, tan, tan ajetreados… Comemos deprisa, andamos deprisa, trabajamos deprisa, hablamos deprisa… Saltamos de una actividad a otra sin intervalos. Nuestras agendas echan humo…

Vivimos con una super-oferta de cosas alrededor. Muchas de ellas interesantes, buenas, saludables… Podemos caer fácilmente, CON MUY BUENA INTENCIÓN, en el consumo frenético de eventos, charlas, encuentros, incluso personas. CONSUMO Y PRISA van de la mano.

 Hacer el ejercicio consciente de “saber decir que no” puede proporcionarnos un espacio. Este mayor espacio, o tiempo, es, sobre todo, mental. Cuando la agenda está muy llena la cabeza puede estar en la siguiente actividad que tienes que hacer. Podemos simplemente preguntarnos cuánto ESPACIO MENTAL nos va a ocupar algo que nos proponen. No podemos formar parte de todo lo que se nos ofrece o pone por delante. Hay que decidir. Imposible “consumirlo” todo.

Podemos engullir la vida como quien come rápido. O podemos saborear el presente, sacarle jugo. Podemos patinar a toda velocidad por la superficie de la vida sin de verdad vivirla, sin ahondar en lo esencial de aquello que hacemos, ya sea hablar, pasear, mirar una imagen, hacer el trabajo de cada día, cuidar de nuestros hijos, cocinar…

El ritmo rápido nos lleva a la dispersión, reduce la capacidad de escucha empática de los demás.

¿No compramos peor (sin medida) cuando compramos rápido? ¿No hacemos todo distinto cuando lo hacemos rápido?

Necesitamos silencio, alimentar lo que de verdad nos hace crecer, descanso físico y mental, espacio para sedimentar lo que vivimos, para mirar a Dios, para disfrutar de los amigos, de los seres queridos, para la intimidad.

Vivir despacio nos permite atender a las personas sin consumirlas, sin atender a la vez el móvil, sin tener la cabeza en otros asuntos.

Vivir despacio ayuda a que no nos consuman pidiéndonos mil cosas “siempre a los mismos”. Podemos desgastar la vida por los demás sin confundir el ser generoso con el dispersarse en la actividad. Elegir conscientemente en qué nos enredamos, sabiendo que no somos imprescindibles. Que después de decir que sí nos quedemos con paz. Que podamos amar en aquello que vamos a hacer. Abrir la puerta a otras personas que puedan hacer aquello a lo que tú dices que no, sugerir, ampliar el círculo.

Vivir despacio ayuda a tomar conciencia de lo que pasa alrededor de mí y dentro de mí.  Percibir el sol, el calor de la taza que tengo entre las manos, el lenguaje no verbal de quien se cruza conmigo o me dice algo.

Podemos hacer “pequeños ejercicios” en los que nuestra voluntad puede ayudarnos:

No ir con el tiempo justo

  • Ir a dormir pronto, dormir suficiente
  • Discernir cuándo hay que apagar completamente el móvil, cuándo silenciarlo
  • Observar nuestra casa en silencio a ver qué os dice, de qué nos habla
  • No verbalizar más el “no tengo tiempo”, “voy muy liado”

Podemos también poner un termómetro a nuestra cotidianeidad, y preguntarnos:

  • ¿Salgo a pasear sin más?
  • ¿Reservo tiempos para meditar en silencio? ¿Cualquier otra cosa desplaza este tiempo?
  • ¿Hay un hueco en mi agenda para Dios?
  • ¿Cocino a fuego lento?
  • ¿Juego con mi hijo, escucho sus preguntas?
  • ¿Me fijo en cómo está mi pareja?
  • ¿Sé qué necesitan los que me rodean? ¿Podría verbalizarlo pensando en cada uno de ellos?
  • ¿Está demasiado llena mi agenda?

Vivir despacio para mí significa reducir el número de cosas en las que participo: eventos, encuentros, reuniones… No es que me quiera aislar, sino que quiero PRIORIZAR LO QUE ME DA VIDA.

Aprendamos del Sur. Solemos decir que en los países del sur son lentos, parsimoniosos y, por tanto, ineficientes. Creemos que por eso “no progresan”. Qué ciegos estamos al interpretar así. Nos ganan en muchos valores humanos: hospitalidad, espiritualidad, apoyo comunitario, capacidad de ser feliz con poco… ¿No habrá alguna relación entre la forma lenta de vivir y los valores?

Tenemos todos el mismo tiempo: 24 horas al día. Cómo las desgranamos… va en función de nuestra elección.


Escrito por Anabel Jiménez